Retrato de Malabo, el gorila del Zoo de Madrid
Vivo cerca del Zoo de Madrid y lo he visitado muchas veces. Este era un día más, un día en familia para que los peques curioseen y salgan un poco de la rutina.
Por algún motivo pensé en que esta en esta visita me entretendría más de lo normal para hacer fotos. No suelo hacerlo, si voy con la familia pues ya está, no es momento para fliparse con la fotografía y hacer esperar a todo el mundo a cada paso. Es algo muy habitual y realmente poco comprendido. Los acompañantes de un fotógrafo no suelen tener la paciencia para esperar a que pase ese coche, a que el animal gire la cabeza, a que la nube se mueva… etc. Si eres fotógrafo o aficionado sabrás a lo que me refiero. Para evitar esas situaciones, prefiero seguir la disciplina del chiste: “Si vamos a Rolex, a Rolex, y si vamos a setas, a setas” (Googléalo si no conoces este dicho).
Bueno, esta vez cogí el flamante pata negra NIKKOR 70-200mm f/2.8G ED VR II, una bestia super nítida que no tenía desde hace mucho. Prometí no hacer esperar a nadie y fui disparando sin preparar ni pensar. Según paseaba y los peques no requerían mi atención, pues a disparar improvisadamente a los bichos.
No salieron imágenes de calidad, si reviso la serie de aquel día, veo que hay mucha trepidación, desenfoques, mal expuestas… un desastre !vaya!… excepto alguna. Este retrato del gorila Malabo. La imagen no está bien encuadrada, por algún motivo la disparé en horizontal (podrás verlo en el RAW) y esto en un recuadre un poco ajustado.
Me cautiva su mirada, por algún motivo le notaba algo extraño. No soy capaz de decidirme por la sensación que me provoca, lástima, enfado, tristeza… sólo se que su mirada me deja hipnotizado pensando.
Pero hace poco entendí el truco de la foto, la magia. Fue al encontrarme por casualidad un artículo antiguo donde se contaba que este gorila había agredido a su cuidadora. Volví a mirar la foto y creo que ahora, sabiendo eso, percibí su mirada de manera distinta. Al poco de observarla de nuevo me di cuenta que el truco estaba en fijarme en sus ojos de manera independiente. Incluso jugué a tapar uno u otro.
Te propongo hacer el juego. Tapar su ojo izquierdo me resulta estremecedor. Un gorila enfadado, cabreado, pensando y mirándome fijamente para mostrarme su superioridad. Me da miedo.
Sin embargo, si tapo con la mano su ojo derecho veo a un gorila afligido, derrotado, triste y apenado por su cautiverio. Resignado. Me pone triste, muy triste.
No se si me lo estoy inventado o es algo tan subjetivo que solo puedo yo interpretar de esta manera por ser el autor y el que vivió ese instante. El caso es que no puedo parar de mirarlo y pensar.

